No hay nadie que ame el dolor por sí mismo, que lo busque, lo encuentre y lo desee simplemente por ser dolor.
Solo por lo que revela cuando todo lo demás se desvanece.
El dolor, en ese sentido, no es un fin sino un umbral. No se persigue por su intensidad ni por su crudeza, sino por la forma en que despoja, en que elimina lo accesorio y deja al descubierto algo más esencial. Cuando todo cae —las certezas, las narrativas, las defensas— aparece una claridad distinta, incómoda pero precisa.